De Barlovento a Roma: el cariño es el motor

Petra Monterola, oriunda de Barlovento (estado Miranda), es una de las primeras numerarias auxiliares de Venezuela. Estuvo en Roma con San Josemaría Escrivá durante varios años. En esta entrevista cuenta algunos de sus recuerdos.

Del Opus Dei

Petra Monterola, oriunda de Barlovento, en el estado Miranda, es una de las primeras numerarias auxiliares de Venezuela.Barlovento, tierra exótica a solo 90 minutos de Caracas, cuenta con hermosas playas, ríos y serranías. Su clima tropical, suavizado por brisas abundantes y lluvias frescas, hace que donde cae una semilla crezca una planta. Así describe Petra a su tierra, donde nació y creció hasta los 12 años. Allí se observan manifestaciones del mestizaje característico de nuestra tierra, del que Petra es una buena muestra.

Cuenta con orgullo que le dio “color” al Opus Dei… Y aclara su frase: “Tuve la suerte de ir a Roma para trabajar allí, junto a personas de muchos países del mundo, en la sede central del Opus Dei. Para ese momento, finales de los 60, fui la primera «morena» en llegar a esa casa. San Josemaría se ocupaba de mí con esmero; se interesaba por todo: si tenía frío durante el invierno, si escribía a mi familia… Transcurrido un tiempo, don Álvaro comentó al Padre: «Petra se nos está poniendo rubia, le tiene que pegar un poco el sol». Acto seguido, recuperé un poco de color y San Josemaría quiso que me tomara una foto con el vestido más bonito que tuviera, para enviarla a mi familia. La verdad es que me sentí consentida de San Josemaría.

— ¿De Barlovento a Roma?

Petra con sus amigas Juana Barrios y Domitila Araujo

No tan rápido. Hay un puente que es Caracas. Allí conocí la Obra. Era la niñera de Laura Del Corral, hermana de María Margarita, una de las primeras numerarias de Venezuela. Gracias a ella conocí la Obra y me llamó la atención la alegría de esas muchachas.

Mi tía Teo me decía que no siguiera yendo a esa casa, que eso era cosa de ricos. Al principio se opuso; pero luego vio que estaba siempre contenta. Cuando me hice de la Obra nunca dejé de visitarla. Y así entendió la Obra y nos ayudaba con lo que podía.

En Etame, un centro de la Obra en Altamira, comenzaron a dar clases para las empleadas del hogar. Comencé a asistir a esa actividad con mis amigas. Al poco tiempo me hice cooperadora. Luego, al hacer un curso de retiro espiritual, comenzó la inquietud de que Dios me pedía algo y me dio bastante miedo. Sin embargo, me seguía impresionando la alegría y el cariño de todas las personas del Opus Dei y fue eso lo que me hizo volver; no sin antes haberme ido de viaje con la familia Del Corral a Estados Unidos y México.

Un día me encontraron explicándole a Juana, una de mis amigas, lo que era ser cooperadora. Entonces nos hablaron con detalle sobre la Obra y sobre la vocación de numeraria auxiliar, el cariño de San Josemaría y cómo nos quería especialmente. Desde ese momento me di cuenta que eso era lo mío… pero Juana se me adelantó. Éramos íntimas amigas, amigas de piñatas (lo de las piñatas tiene su historia, que luego contaré). Mientras los niños jugaban, nosotras nos echábamos todos los cuentos. Pues resulta que las señoras donde trabajábamos también eran muy amigas y se contaban igual sus buenos cuentos: ellas intuían que nosotras seríamos de la Obra.  ¿Qué es lo de las piñatas?

Volvemos a Barlovento. Allí vivía con mi familia, éramos cuatro hermanos. Hacíamos unas piñatas con taparas que llenábamos con diversas cosas. Un día les preparé una sorpresa. Hice tres piñatas: la primera la llené de centavitos y papeles de colores; la segunda, de caramelos; mientras que la tercera… la puse en una colmena y allí se llenó solita… Todo iba de maravilla con las dos primeras piñatas, con la última fui a parar debajo de la cama donde me fueron a buscar. Mi mamá era muy cariñosa; pero muy correcta.

Volviendo al tema de la vocación ¿qué le hizo decidirse? Yo sabía que cuando le dijera que sí al Señor el miedo se me quitaría. Pasé una semana llorando y cuando dije que sí realmente me dio mucha paz. Vi claro –y eso fue lo que me ayudó a decidirme- que el cariño no era algo superficial sino que la Obra era verdadera familia; que se ocupaban de nuestros más mínimos detalles y nos enseñaban a cuidar de las demás: eso es lo que yo quería para mí.

¿Algo cambió?

A mí me llamó la atención que me podía santificar en medio del mundo, sin hacer cosas extraordinarias, con las mismas cosas que hacía antes. Me dio alegría comprender que, con mi trabajo, el del hogar, me podía hacer santa; llegar al Cielo y que para esto no estaba sola: tenía todo el cariño de las personas de la Obra, que nunca me dejarían sola, que eran una nueva familia, y realmente es así.

¿En algún momento hubo dificultades? Al principio no teníamos ni para un recetario de cocina, ni ollas, ni cómo hacer el mercado, ni experiencia personal y fuimos aprendiendo con los años. Como nos enseñó San Josemaría, gastábamos lo que debíamos aunque debiéramos lo que gastábamos. Y lo que más me impresiona es que al pensar en esto yo no me acuerdo de tener mayores sufrimientos. Estábamos siempre alegres porque estábamos en nuestra casa y confiábamos en que ya saldríamos adelante.

¿Y lo del recetario? Sí, ahora contaré lo del recetario. A finales de los 90 viví en Valencia y ahí, mientras me recuperaba de una operación en la pierna, aproveché de escribir un pequeño recetario. Son recetas de la vida diaria. Envié un ejemplar a Roma para el Prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría. Al contestar para agradecerme, me sugirió que pusiera las medidas con más posibilidades: cucharadas, tazas, etc., para que en todas partes del mundo lo puedan entender. En unas semanas lo volveremos a sacar con esas aclaraciones.

¿Ser numeraria auxiliar es además una profesión? ¡Es la mejor profesión! Nosotras tenemos una suerte grandísima. Por eso San Josemaría decía que éramos como la locomotora de un tren que iba adelante haciendo marchar todos los vagones, porque por nuestra labor las demás personas de la Obra pueden llegar a muchos otros trabajos e impregnar de Cristo toda la sociedad. Somos como las madres que mantienen el hogar para que los otros miembros de la familia puedan salir a desempeñar otros trabajos y de esta forma cada uno ocupe su lugar.           

Y por eso yo soy la mujer más feliz del mundo, aunque a veces me cuesta o me equivoco en el trabajo. El amor de Dios que uno pone al realizar esos trabajos y el ofrecerlos: ése es su verdadero valor. Y, por supuesto, si la persona tiene la capacidad de emprender estudios para perfeccionar su labor eso es muy bueno. El prestigio es que el Señor nos ha premiado con una vocación divina y por eso yo me siento tan orgullosa de ser numeraria auxiliar.  

En 1974 vino Escrivá a Venezuela ¿pudo verlo?

Sí. El se encontraba delicado de salud, pero preguntó por mí. En ese momento yo vivía en Maracaibo, y me vine inmediatamente a Caracas. Fui su primera visita. Le comenté que estaba aprendiendo mucho con una muchacha, experta en cocina, que estaba de paso en Venezuela. El Padre, con su cariño tan especial, me dijo: ¿qué más vas a aprender tú si ya eres doctora en cocina? (se refería indirectamente a un diploma que me habían dado hacía poco en un curso que había realizado).

En esa circunstancia, a pesar de su malestar, San Josemaría, estuvo pendiente de mí y además me preguntó por mi familia, me dijo que rezaría por una tía que estaba enferma. Y no solo eso, sino que me preguntó con deseos de saber qué era eso de la cocina criolla.Me insistió en que los venezolanos éramos muy buenos, muy alegres, pero debíamos ayudar a tanta gente para que saliera de la ignorancia, dar mucha catequesis para que se conociera a nuestro Señor; que debíamos trabajar bien, sin mediocridades: no para que nos vean y halaguen, sino para Dios.

Ahora, ¿le pide favores a San Josemaría?

Aquí mismo en Altoclaro, Centro de Encuentros Profesionales, me hizo un favor bien grande. No teníamos agua, no podíamos ni siquiera limpiar la casa e iba a comenzar una actividad con muchos asistentes.

Entonces le dije: “Padre, por favor, es por estas personas que vienen a recibir formación, tráenos el agua. Que tengamos el agua necesaria para limpiar”. Llamé a las demás y les dije que fuéramos a limpiar que nuestro Padre nos traería el agua. Me preguntaron si estaba loca, pero se vinieron conmigo. Al abrir el grifo salió el agua y tuvimos la necesaria para limpiar. Cuando terminamos de trabajar ya no había agua. Después, llegó el camión a llenarnos el tanque para la actividad que estaba por comenzar.No dudé ni un momento, San Josemaría, que tan cariñoso había sido en la tierra, ¿no lo sería aún más en el Cielo?